Los lamentables acontecimientos de Japón nos recuerdan cuán vulnerables somos ante los desarrollos nucleares, que sin negar algunos beneficios con aplicaciones en campos como la generación de energía eléctrica y la salud, también representan grandes riesgos para la humanidad.

Vienen a mi memoria el accidente de Chernobyl (Ucrania, 1988), los genocidios nucleares en Hiroshima y Nagasaki (Japón, 1945) y el hundimiento del submarino K-219 (1986), entre otros, cuyos momentos podemos resumir con palabras como desasosiego, inseguridad, contaminación y muerte.

Considerada por algunos como “la mejor energía limpia que existe”, en mi opinión personal y profesional, un sistema que produce desechos  radiactivos de difícil tratamiento y disposición final, y que además pueden pasar varias generaciones con efectos negativos sobre las personas y el resto de los seres vivos, no puede ser limpia, y por el contrario, tiene su conciencia sucia. Además, no olvidemos que un reactor nuclear tiene un tiempo de vida entre 30 y 40 años, y luego se transforma en un desecho de muy difícil manejo, que debe esperar alrededor de 100 años para que los niveles de radiactividad bajen y pueda ser desmantelado.

Con tanto potencial para producir energía eléctrica gracias al movimiento natural de las masas de aire (eólico), del mar (undimotriz, submarino y maremotriz), y la bien conocida solar, la verdad no entiendo porque algunas naciones se empeñan en optar por la energía nuclear, que pudiera ser más barata en el corto plazo, como algunos especialistas han sugerido, pero cuyos pasivos ambientales y costos a mediano y largo plazo de remediación, descontaminación y confinamiento, superan cualquier otro tipo de sistema de producción de energía a mediano y largo plazo.

De acuerdo con el escritor Portugués,  José Saramago, somos la memoria que tenemos y la responsabilidad que asumimos. Sin memoria no existimos y sin responsabilidad quizá no merezcamos existir.

Quien pretenda olvidar los hechos ocurridos en la historia con la energía nuclear, y decida ignorar las alertas de decenas de organizaciones no gubernamentales en el mundo ante sus potenciales peligros, tiene o tendrá una deuda con el presente y futuro de un mundo que clama y merece condiciones de seguridad y equilibrio para todos.

Por lo pronto, ejerciendo mi derecho a opinar… ¿Nuclear?, no gracias.

Por Diego Díaz Martín, presidente de VITALIS
Twitter: @ddiazmartin
Email: ddiazmartin@vitalis.net

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